Siempre me llamó la atención el juego del
teléfono enredado. Esa rueda de personas donde una frase sufre metamorfosis al
deambular de un oído a otro, víctima del susurro, del tono difuso…
Entonces lo que empezó como “Pablito clavó un
clavito”, termina en “Panchito cargó a Carlitos”, “Pepito quedó calvito” u
otras variantes nacidas de la imprecisión verbal y las malas intenciones
humanas.
El trastrueque deviene divertido mientras no
trasciende la esencia lúdica o recreativa. Cuando las variaciones se instalan
en la vida real, en situaciones vitales…, irrumpen las reacciones del incomodo
y donde hubo risas nace el desconcierto…
Ciertas orientaciones bajan o suben “los escalones”,
y muchas veces sufren alteraciones lamentables. Ocurre algo así como en el
monólogo del cometa Halley, popularizado en Cuba por Carlos Ruiz de la Tejera. Crece la
confusión si a tales entresijos los acompaña el rumor, las “bolas” que van y
vienen.
De tales situaciones emanan los malos
entendidos, discusiones… El dime que te diré descubre a las claras las fisuras
en la capacidad organizativa. Lo lamentable ocurre cuando “desde arriba” dictan
normas, procedimientos, maneras de asumir, analizar o lidiar con algún
fenómeno, y en cambio, a la base llega deformado, torcido…
Las supuestas interpretaciones erradas trascienden como el pie forzado
perfecto en función los encontronazos. Finalmente, vencen las mentes
fronterizas carentes de lógica, pero con suficiente poder para silenciar la
razón.
