El tiempo figura en ocasiones como culpable
del deterioro de los bienes materiales y las personas. Mas, todo depende de la
extensión de cada transcurso, de la letanía de infortunios desprendidos del andar
agitado del reloj.
Sobre los desmanes del tiempo descansan
algunos oportunistas y pícaros, con las justificaciones a punta de lengua,
erigidos maestros de la excusa. Sin embargo, existen circunstancias en las
cuales no caben las evasivas. Ni siquiera el paso de escasos años es capaz de
camuflar los indicios del descuido o el deterioro moral condimentado con la
falta de sentido de pertenencia.
De esa manera encuentro muchos lugares de mi
ciudad, sitios que apenas superan la etapa de recién nacidos y muestran ya las
arrugas del menoscabo y las crisis de aceptación. Centros agredidos constantemente
por los malos pensares de quienes los frecuentan. Y ya debiera de estar
acostumbrado a la clonación de ese fenómeno, pero no cabe en el entendimiento.
Entonces, mientras advierto tales anomalías, alimento la perplejidad.
