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miércoles, 1 de mayo de 2013

Huellas del inicio de mayo



  Pocas veces en el año quedan grabadas tantas huellas en el asfalto, en el mismo asfalto. Huellas nacidas de calzados modernos y no tanto, nuevos y no tanto…
   
Huellas intactas durante horas, aun cuando con frecuencia las invada el primer aguacero de mayo. Quizás el agua tienda a opacarlas, solo quizás. Pero ellas no huyen de la lluvia, se ofrecen a la superstición para simular belleza.

 Y algunas deben gritar, a viva voz, con garganta enrojecida en aras del progreso, de salvaguardar privilegios… y otras, más tímidas, introvertidas… callan, aunque el silencio no significa el destierro de los ideales.

  Unas grandes; otras medianas y pequeñas, pero no insignificantes. Algunas investidas del sinónimo impronta; otras solo simples pisadas, pasajeras, intrascendentes, escépticas…

  Eso sí, son muchas, cientos, miles… Y dentro de tantas resaltan las huellas que salvan vidas, o las encargadas de educar. Están las que construyen edificios; dictan sentencias; producen alimentos, bien o mal, pero producen; las cultas y las no tanto; las trovadorescas y las reguetoneras; las huellas abiertas y las fronterizas. Unas maltratan, otras reverencian. Son huellas al fin, huellas con color de sociedad.

  Disímiles huellas visten al Primero de Mayo, huellas con mayor o menor salario, huellas en Moneda Nacional y otras, más poderosas, en CUC. 

Todas valen, porque todas estuvieron allí, bajo el mismo sol, sobre el mismo asfalto… Y el propio asfalto es un mosaico. Ahí descansan las de siempre, las de ahora, y afortunadamente queda espacio para las del futuro. 

 Se ven alegres; y hasta enseñan la sonrisa del feriado, el jolgorio, porque son optimistas… Son huellas nacidas del zapato de la consagración. No vale criticar ninguna huella del Primero de Mayo, solo vale aplaudirlas, ponderarlas, porque mañana, volverán sobre el asfalto…    

lunes, 18 de marzo de 2013

El tiempo aprieta, pero no ahorca


  El tiempo figura en ocasiones como culpable del deterioro de los bienes materiales y las personas. Mas, todo depende de la extensión de cada transcurso, de la letanía de infortunios desprendidos del andar agitado del reloj.
   
Sobre los desmanes del tiempo descansan algunos oportunistas y pícaros, con las justificaciones a punta de lengua, erigidos maestros de la excusa. Sin embargo, existen circunstancias en las cuales no caben las evasivas. Ni siquiera el paso de escasos años es capaz de camuflar los indicios del descuido o el deterioro moral condimentado con la falta de sentido de pertenencia.

De esa manera encuentro muchos lugares de mi ciudad, sitios que apenas superan la etapa de recién nacidos y muestran ya las arrugas del menoscabo y las crisis de aceptación. Centros agredidos constantemente por los malos pensares de quienes los frecuentan. Y ya debiera de estar acostumbrado a la clonación de ese fenómeno, pero no cabe en el entendimiento. Entonces, mientras advierto tales anomalías, alimento la perplejidad.