martes, 28 de octubre de 2014

El dueño del cinco no tiene cinco



  Desde mi etapa universitaria quise escribir sobre un tema del que estamos permeados cada uno de quienes transitamos —con beneplácitos y
sinsabores— por ese tipo de enseñanza. Ahora saldo mi deuda, sobre todo con aquellos, que sentados en un aula, conducen hacia un futuro a veces demasiado incierto.

 Y sería ilógico imaginar que en el tránsito por esos caminos no sobrevengan contratiempos, pues la propia heterogeneidad tipifica la convivencia en donde también aprenden unos de otros. Mas, como desdicha al fin, no siempre asoma la necesaria y sana retroalimentación, y aunque suene paradójico, en varias ocasiones de quien menos se nutren los alumnos es de los encargados de enseñar.
   
Síiii, toda una disertación puede armarse con las tipologías de profesores que encontramos sobre el estrado, y aunque bien es cierto que cada cual emplea su librito y que una paridad de caracteres tornaría aburrida esa etapa, apenas asoman provechos cuando no existe la empatía entre el docente y el alumnado, cuando a golpe de extremismos, nudo en el rostro y explicaciones a medias, pretenden imponerse.

  Hace poco, al preguntarle a un amigo —aplicado, sin dudas— la razones por tanto estrés con una materia, me responde: “la asignatura no es difícil, difícil es el profesor”, y luego de narrarme un rosario de métodos nada paralelos con la construcción del conocimiento, deduje que poco aprenderán del autócrata que nunca da un cinco, porque el único dueño de esa nota es él, por solo citar un ejemplo.

  Por si fuera poco, las clases —de 20 centavos y cobradas a peso— despojadass de toda hermenéutica, convierten los 90 minutos del turno en un extremo agotamiento psicológico, más devastador que los 90 del fútbol y su respectivo desgaste físico.

  “Con el 90 por ciento de la prueba hecha bien, llegas a dos puntos, con el 95 a tres, con el 99 a cuatro…” sí porque el ciento por ciento y el cinco ya saben de quién es ¿no? Y quizás no sea tan exacta tal proporción y hasta deambule alguna exageración en el asunto, pero quien ha desandado aulas universitarias por cinco o más años, sabe bien que ejemplos como ese no llevan la ficción a cuestas.

  Para poner el parche antes de las goteras con confusión incluida, he de aclarar que no se trata de andar con paños tibios, ni regalar las notas ni exacerbar el libertinaje como desean también muchos educandos. Tampoco de satisfacer caprichos en donde a veces suele esconderse la carencia de intelecto de algunos alumnos; sin embargo, puedo conformar una larga lista de profesores recios, de quienes aprendí por su sentido de la justicia, objetividad, y sobre todo, por su capacidad y talento para prender la atención. O sea, no es necesario vestirse de villano para ganarse el respeto.  

  Y es que una de las claves esenciales para el aprendizaje radica en la motivación. Mas, ¿Podrá sembrarse el contenido con métodos inasequibles, inaccesibles para el cerebro, ya sea joven o no?, ¿cómo fomentar el conocimiento a golpe de fusta? A tono con el lenguaje estudiantil, “ese es un nazi” a quien seguramente no olvidarán sus estudiantes, y si ese es el aliciente del disfrazado de pedagogo, que guarde el regocijo, porque lo recuerdan, sí, pero pocas veces por lo que aprendieron de él.

  No asoman ni siquiera pinceladas de la mayéutica de Sócrates, ni los sistemas pedagógicos de José de la Luz y Caballero, Félix Varela… Bueno, quizás esos profe heredaron la enseñanza en los monasterios y hasta algún viso de escolástica, fundamentalmente en referencia a los dogmas en los procederes.

  Muchos de estos supuestos educadores alegan: “yo tuve un profesor que era peor que yo, nos hizo pasar mucho trabajo en la carrera, ni aclaraba dudas, no tenía compasión…”, ¡aaaah, ya!, se está desquitando… En lugar de remediar el mal con su propio actuar, lo agrava, sin saber que en sus aulas, quizás sin saberlo, tal vez a propósito, procreen otro engendro con las mismas pulgas, vaya, para no perder la tradición. Entonces, así se propagan los errores de la enseñanza.

  El maestro en general, y específicamente el universitario, ha de promover a gran escala el análisis, el razonamiento, todo ello mediante el incentivo del estudio y la saludable interrelación en el aula, no con la coerción de donde desgajan carencias humanas.

  No debemos sorprendernos si tenemos en cuenta que en la viña del señor podemos encontrar de todo, pero sí reaccionar, porque no es sano engordar la vista ante circunstancias que involucran la formación de un estudiante. Y lo ideal es que acudir al aula trascienda como una satisfacción y no un calvario. Solo, objetivamente hablando, pensemos que el profesor indeseable tampoco merece el cinco.  



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