jueves, 1 de mayo de 2014

Primero de mayo desde los hombros de un padre



En coautoría con Yudith Madrazo Sosa

Ronald lo vio desde arriba, no tan arriba, pero lo suficiente para advertir un montón de gorras, sombrillas, carteles, pancartas y un mar de cabezas por delante, por detrás, por los lados. Gira casi hasta 180 grados porque intenta poner los ojos a correr tras tanta algarabía por delante, por detrás, por los lados…

 Desde los hombros de su padre, Ronald captaba mejor las miles de voces coreando las mismas frases, consignas…y con la repetición, el infante las aprendió de memoria e intentaba que su voz se trepara encima de la de los más de 200 mil hombres y mujeres reunidos allí.

 
Ronald no sabía siquiera que era Primero de mayo, muchísimo menos conocía sobre los obreros de Chicago, ni tampoco de los 18 sindicatos que calentaron el asfalto en Cienfuegos. Solo recuerda que debió levantarse un tilín más temprano en un día que no había clases, pero debía cabalgar por algunas calles de su ciudad sobre unos  hombros. Se sujetó de la gorra de su padre, ¡para no caerse!, mas, de vez en cuando liberaba una mano del sostén para levantar la bandera de papel con franjas azules y blancas, y triángulo rojo y estrella.

  Allí encontró a algunos amigos del aula con  sus padres o abuelos, a algunos muchachones de la cuadra. Vio a su maestra, a la directora de la escuela, a aquella mujer que lo hizo llorar mientras lo inyectaba, al batiblanco que puso una tablilla de madera en su lengua e inspeccionó su garganta, al dependiente de la paladar donde lo llevaron el día de su cumpleaños, a su profesor de natación, a esa otra señora, que tras un buró, los hizo esperar a él y a su papá más de una hora, dos horas… por ciertos asuntos de papeles, propiedad, planillas…

  También le llama la atención encontrar a quienes salen en la televisión, en el periódico, a los bien vestidos con uniformes elegantes, ¿Y esos quienes son? preguntó, “Son de la Refinería, de la Empresa Eléctrica, del Banco”, le contestan.

  Nunca vio tanta gente reunida, tanta gente diferente, tanta ropa y zapatos diferentes, tantas caras, tantos colores de piel, tantas sonrisas… Reconoció el lugar donde su padre lo lleva a empinar papalotes (cuando hay aire), y se asombró de ver que cupiera semejante cantidad de personas en aquella plaza. Extasiado con tal aventura, casi dilató las pupilas con las impresiones, hasta un momento, hasta que luego de la caminata llegó el cansancio a los hombros sobre los cuales marchaba.

  Luego, mientras su padre festejaba —con cerveza incluida— como parte del jolgorio postdesfile, Ronal, ya con los pies en la tierra, preguntó cómo se llamaba ese día, entonces, con almanaque y lápiz en mano, encerraba con un círculo el número uno del mes de mayo.               




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