jueves, 3 de abril de 2014

Cuando el cerebro vive en caja cuadrada



El tema de la racialidad, la igualdad de género y la inclusión de los jóvenes no puede concebirse como un esquema.  

Parece un problema biológico, ni la más abultada loma de voluntad puede sacar a ciertos cerebros de esa caja cuadrada que los impide. Por suerte es fácil identificar cuando ese órgano tiene cuatro lados, y por mala suerte, parece imposible ponerlo a funcionar con buen juicio.
  
¡Y tantos ejemplos nos ilustran al cerebro en la figura geométrica! Hace poco escuché a una persona con algunas canas y en todas sus facultades, renunciar a su responsabilidad porque “hay que darle paso a los jóvenes”. Entonces entre apatías, negativas, escurrimientos para no ser vistos… iba y venía el cargo cual bola caliente que apuntaba a los de menos edad. No importaba la capacidad de cada cual, sino la fecha de nacimiento.


 “Imagínate, es el futuro”, decía un cuarentón quitándose la “sal” de encima. Y precisamente el futuro de esa concepción me preocupa, pues es cierto que la ley de la vida indica el relevo de generaciones, la renovación de pensamiento en determinadas esferas, pero no debe convertirse el asunto en camisa de fuerzas, y menos en lema, y muchísimo menos en una excusa para despojarse de encargos sociales o políticos.

 La realidad es demasiado rica como para violentar los procesos naturales, y aunque es cierto que el cambio de mentalidad incluye, no solo escuchar, sino comprender el pensamiento de quienes aún no peinan canas, no es menester soslayar a los que cargan el saco repleto de experiencias, sabiduría… la propia heterogeneidad social impide ceñir a esquemas razonamientos que no deben escapar de la espontaneidad.

 Nos concurre a menudo ese pensamiento uniforme, vertical, y por lógica, poco consecuente. Y en todo ello subyace cierta incapacidad para dotar determinadas intenciones del sentido común, porque no se trata de darle paso a los jóvenes como si la sociedad estuviera dirigida desde un sistema computarizado; hablamos de una inclusión con el propósito de enriquecer la aldea humana. No es cambiar por cambiar, por moda o por onda, sino por principios y aspiraciones concretas de avanzar. 

 Nos pasa, constantemente nos pasa cuando insistimos en llenar de estadísticas aspectos que han de verse cualitativamente. Entonces queremos contabilizar y porcentuar la cantidad de mujeres y hombres “en bien” de la equidad. Así mismo entre negros y blancos. Incluso, puede surgir el caso en que a determinada entidad, con óptimo sistema, puedan señalarles la falta de negros o féminas en cargos de dirección, como si conformar y sacar adelante una empresa o institución dependiera de un simple piti, piti fú.

 La mayor enfermedad nos contagia desde el formalismo, entonces llenamos los informes de los balances de género, raza y edad; y este aspecto hasta puede catapultarnos hacia un diploma y otro sinfín de reconocimientos. Tantas loas sin ni siquiera conocer si dichos negros, mujeres y jóvenes realmente aportan.

 Si son eficientes, sobresalientes… mejor aún, pero que ganen sus cargos y premios por sus propios esfuerzos, no por su condición física y/o etárea. Señores, en determinados escenarios, al realizar un balance aparece como una conquista que “el por ciento de mujeres y jóvenes está por encima de la media nacional”. A veces se nos va la mano. 

 ¡Y aclaro!, no vayan a acusarme de racista, no vengan a inquirirme los estudiosos de la igualdad de género, no vayan a pensar los jóvenes que los apabullo, ¡noooooo!, nada de eso, se trata de no mirar los fenómenos en blanco y negro, y darle a cada cual cuanto merece por lo que logre y nunca por otras condiciones que emergen desde la superficialidad. Espero que quienes leen estas líneas no tengan el cerebro en el envase cuadrado.               

 Los mecanismos sociales suelen acomodarse a partir de determinadas estrategias en función de la estabilidad, el progreso, de la imagen de la nación, pero nunca debemos interpretarlas como directrices rígidas, como procesos mecánicos desprovistos de lógica. El peor peligro asoma cuando las utilizamos como vías para escabullirnos de la responsabilidad, como reflejo fehaciente de la incapacidad.

 En tantas interpretaciones torcidas, militan entonces huecos discursos, cuyos efectos duermen intereses, mutilan inteligencias, ensordecen la capacidad de escuchar. No podemos subutilizar el intelecto de alguien, simplemente porque malinterpretamos una concepción de cambio y equidad.

 No deben perderse los estribos de la objetividad, del raciocinio. Ni la tez, ni el sexo, ni la fecha de nacimiento constituyen ejemplos si vienen acompañados de la mediocridad. Quien así no lo entienda, quizás esté a tiempo de sacar su órgano de pensamiento del esquema, de lo contrario, en poco tiempo la caja donde está el cerebro, se convertirá en ataúd.    

2 comentarios:

  1. Me parece muy bueno tu comentario, ojalá y la sociedad toda evolucione en concepciones de equidad, al punto de no tener que demostrar logros a partir de los porcentajes y sí por las personas encargadas de asumir determinadas posiciones en las cuales se les coloca, independientemente de género, razas, credo...

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  2. Lo mismo creo, y lo peor es que por cumplir con una falsa equidad a veces ponemos a incapaces en cargos vitales para la sociedad.

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